Las calles callan,
el eco se pierde;
silencio que destroza.
Las lágrimas en prosa,
la sangre que hierve,
sus venas lloran.
Recuerdos queman,
y la piel advierte
el dolor cuando roza.
viernes, 22 de marzo de 2013
Quise saltar al vacío desde el punto más alto al que pudiese llegar.
Quise sentir que este dolor me elevaba, como volar sin alas sobre un cielo ahora gris. Como sentir el frío en la cara; libertad en el oxígeno. Quise sentir que el mundo se me quedaba pequeño entre las manos y que ya nada me importaba, que ya en el olvido era feliz.
Desperté en la madrugada con la garganta atada y el sudor frío en la frente. Mi corazón latía como si de un suspiro fuese a saltar de la boca. Aún sentía ese hormigueo en el estómago, que me decía que soñar era como vivir.
Por un instante, me olvidé del vértigo y de todo lo demás. Salté sin importarme la caída, sin sentir, sin vida. Volé soñando y con el pecho encogido, las respiración cortada y las venas respirando. Volé, sin alas, pero volé.
Quise sentir que este dolor me elevaba, como volar sin alas sobre un cielo ahora gris. Como sentir el frío en la cara; libertad en el oxígeno. Quise sentir que el mundo se me quedaba pequeño entre las manos y que ya nada me importaba, que ya en el olvido era feliz.
Desperté en la madrugada con la garganta atada y el sudor frío en la frente. Mi corazón latía como si de un suspiro fuese a saltar de la boca. Aún sentía ese hormigueo en el estómago, que me decía que soñar era como vivir.
Por un instante, me olvidé del vértigo y de todo lo demás. Salté sin importarme la caída, sin sentir, sin vida. Volé soñando y con el pecho encogido, las respiración cortada y las venas respirando. Volé, sin alas, pero volé.
Así, en una fracción de segundo, se me corta la respiración y se me acelera el pulso vertiginosamente. El estómago se me encoge y ni si quiera soy capaz de suspirar por el pecho encogido. Esa sensación que empieza en el estómago va subiendo y se anuda a la garganta con las cuerdas vocales rotas. Los ojos, cada vez más rojos, luchan por no romperse en mil lágrimas muertas de amor tal vez. Parpadeo y le vuelvo a mirar; no, no es un sueño, de verdad la tengo entre mis brazos rasgados.
Cuando de mí rompes el silencio
y nacen nuevas heridas,
no sé qué decir,
ni qué versar
desde estas lágrimas podridas.
Cuando de mí construyes un mundo
y de ti no queda nada,
no sé qué sufrir,
ni qué lamentar
cuando mi alma está quemada.
Cuando de ti nacen mis deseos
y no quieres escucharme,
no sé si irme,
ni te sé esperar,
tan sólo pienso en esperarme.
Me pregunto cuanta nostalgia puede llegar a almacenar un corazón tan pequeño como el mío... Tan frágil, tan separado de mí, que no creo que me pertenezca. Me pregunto hacia donde me conducirá el rastro de sangre oscura en las paredes de mi alma, en mi conciencia, en mis heridas. Profundas, como tus miradas absortas, tus pensamientos desconocidos o tu soledad clandestina. Hacia ti, querida, me queda un largo camino por recorrer, pero de ser por mí, te arrancaría de la muerte sólo por poder pasar un instante contigo. Una necesidad, la de amarte aunque me martirices, la de besar al aire cuando no estás o susurrar al vacío lo que yo diera por poder tenerte entre estos brazos. Tú vives en mis versos, en mis lágrimas imperceptibles, en mis miedos escritos con sangre sobre papel mojado. Tú sorprendes, tú desatas los nudos de mi garganta y deshaces ilusiones tan fácil como las creas.
El piano de su piel ofreciendo una hermosa melodía a cada nota blanca, o negra, qué más da. La grandeza de sus latidos acompañando cada silencio, cada nota. No se acaba, es infinita la pieza que toco con suavidad y delicadeza, rozando sus sentidos a cada suspiro fugaz. Me inquieta, me atrae la forma que tiene de perderse en sus propios gemidos, de como acompañan mi canción de noche eterna. Cada una de sus súplicas llenan mi boca de deseo por beber de sus pupilas al contacto con mi piel. Una pieza que encaja perfectamente en mis manos, una pieza que seduce.
Vértigo suicida.
Ajena a mi realidad me hayo, como si de mis versos no salieran mi alma ni mi pena, como si esta vida fuese un juego de azar. De metáforas y comparaciones sigo adelante, sin pararme a mirar si mis pies caminan o si es el mundo el que se mueve. Tal vez me haya olvidado de mí después de tanto pensar que lo único que me queda son ideas desordenadas rebotando por las paredes de un cráneo partido. Tan sólo intento hacer que el corazón piense y que la razón palpite, pero resulta imposible juntar dos polos completamente opuestos. Lo único a lo que le veo el sentido es a mis heridas, porque si no estuviesen, significaría que he perdido la batalla. Para mí esto es una lucha constante entre mantener el equilibrio o caer al vacío, es balancearse pensando que un paso en falso podría terminarlo todo. Y a veces ese todo no significa nada, a veces me pregunto si merece la pena sentir este vértigo asfixiante con tal de no caer a un vacío desconocido. Supongo que me daría miedo aterrizar y ver que aún no me he roto porque sé que no podría soportar fallar otra caída. Llamadlo vértigo suicida.
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